MURIÓ HELADO EL PEATÓN DE VALVERDE
La gran nevada que cayó las vísperas de Nochebuena en buena parte de Castilla dejó también una gruesa capa en la Serranía del Ocejón, aunque no tanto como para arredrar al peatón de Correos que hace el servicio entre Valverde de los Arroyos y Tamajón, con un recorrido total diario, entre ida y vuelta, de más de cuarenta kilómetros. No ha sido exaltada todavía como se merece la humilde labor de tantos peatones que día tras día recorren decenas de kilómetros a pie, a caballo o en bicicleta, a veces sin llevar ni traer ni una sola carta, pues los pueblos son tan pequeños que no todos los días tienen correspondencia.
Pablo Cuevas, de 35 años, casado y labrador en sus ratos libres, es el titular de Valverde de los Arroyos. Sale cada mañana de su pueblo al amanecer en bicicleta, si el tiempo es seco, y con ella en la mano, en los tramos en que la empinada cuesta o el mal estado del camino le impide montar, recorre la senda que une Valverde con Palancares, unos ocho kilómetros. Entre Palancares y Almiruete no hay camino, por lo que tiene que hacer esos seis o siete kilómetros siempre a pie por senderos de cabras. En Almiruete coge otra bicicleta (la primera la ha dejado en Palancares), y así llega a Tamajón. Con el calor del verano o con los rigores del durísimo invierno de aquella comarca, Pablo Cuevas hace diariamente el recorrido en diez u once horas, entre ida y regreso, a excepción del domingo en que no hay coche de línea. Por las mañanas desciende desde los 1.255 metros de altitud de Valverde a los 1.029 de Tamajón, y por las tardes, pisándole siempre los talones las sombras de la noche en los últimos kilómetros, asciende hasta Valverde, tras el consabido relevo de bicicletas.
El día 22 amaneció nevado, como ya he dicho. Los copos seguían cayendo. Pablo estaba enfermo desde el día anterior en que, por ser domingo, no hubo servicio, y aunque se levantó de madrugada se dio cuenta de que no estaba en condiciones de darse tan gran caminata. Su padre, Tomás Cuevas Benito, de 64 años, se aprestó a sustituirle, como hacía siempre que su hijo estaba enfermo, pues el servicio, en opinión de ambos, no podía ser interrumpido salvo casos extremos, y eso no ocurría para Tomás Cuevas. Trataron de disuadirle, al ver el mal cariz que presentaba el día, pero él se obstinó, anteponiendo el deber a la comodidad, y salió andando al amanecer, como siempre, hacia Palancares. Lo hizo sin dejar de nevar, con temperaturas siempre inferiores a cero grados. Seis horas después (la nevada le retrasó el viaje) estaba en Tamajón. Recogió apresuradamente el correo y se dispuso a regresar a Valverde sin pérdida de tiempo, pues aunque había cesado de nevar, la temperatura había descendido y el viento arreciaba. En tales condiciones era peligroso caminar de noche, por lo que apresuró el paso, entreteniéndose poco en Almiruete.
Al llegar a Palancares, ya los dos tercios del regreso recorridos, dudó entre pernoctar allí o proseguir los ocho kilómetros que le quedaban hasta Valverde. La tarde declinaba rápidamente y la ventisca era tan fuerte que la nieve del suelo era arrastrada en cegadores remolinos. Sin embargo, Tomás Cuevas, aunque sexagenario, estaba acostumbrado a aquellas situaciones y conocía el terreno palmo a palmo. Así que desoyó las advertencias de sus amigos de Palancares y emprendió decididamente la marcha hacia su pueblo. Se aventuraba a todo con tal de no tener inquieta a su familia toda la noche.
Mientras tanto, su esposa e hijos al ver que cerraba la noche y Tomás no llegaba imaginaron que se habría quedado a dormir en Palancares, como en otras ocasiones. Por ello no se alarmaron por su tardanza. A la mañana siguiente, Pablo, ya repuesto de su indisposición, salió para hacer el recorrido hasta Tamajón esperando encontrarse a su padre en el camino. La ventisca de la noche había cesado y la nieve estaba helada. Pablo iba a buen paso para desentumecer los miembros y muy ajeno a la tremenda sorpresa que en una revuelta del camino le esperaba. Iba presuroso, oteando el monte, esperando ver asomar a su padre en cualquier recodo. Y, efectivamente, lo encontró a dos kilómetros tan solo de Valverde, a la vista del pueblo. Pero su cuerpo estaba inerte, tendido en el suelo y casi cubierto por la nieve. No daba señales de vida y al acercarse a él, pasada la primera impresión, comprobó por su rigidez que era cadáver. Sus manos estaban agarrotadas y de su hombro colgaba la cartera de Correos. Había muerto helado,
Es posible que agotado por la caminata y semiasfixiado por la ventisca, sufriera un desvanecimiento del que el frío no le permitió reponerse. Quien haya soportado en plena sierra, a 1.250 metros de altitud, una tempestad de nieve, sin más protección que una pequeña manta, podrá darse cuenta de la resistencia física que se necesita para superarla. Tomás Cuevas Benito perdió el conocimiento cuando ya quizá veía las luces de su pueblo, si la ventisca y la noche cerrada se lo permitieron. Había muerto en el cumplimiento de su deber (o en el de su hijo, que para él era lo mismo). Bien merece Tomás Cuevas que una placa en su casa perpetúe su nombre y su sacrificio.
Luis Monje Ciruelo
28-XII-1958.